Los hijos crecieron

Hace varios años al tener hijos, mi vida cambió completamente. Se debieron acomodar y reacomodar muchos aspectos en mi vida. Tener a esos pequeños y hermosos seres humanos que debía educar…, sí educar, fue una responsabilidad tan grande que no había sido tomada en cuenta en su justa medida. Desde esos días inicié un proceso de autoconstrucción para poder brindarles lo mejor, el cual me llevó a investigar dentro de mí, mis vivencias y basándome en diferentes autores, sobre lo que significaba la educación consciente, para aplicarla en mi vida cotidiana para que esas personitas fueran felices. Esto no significaba siempre esperar que estén felices las 24 horas del día todos los días de su vida, eso no sería realista, pero sí hacer lo mejor que estuviera al alcance de nuestras manos, siendo conscientes de que nunca tendremos el control de nada. Una de las premisas más importantes que encontré y desde mi punto de vista, lo prioritario es el respeto, que debe ser enseñado comenzando por el ejemplo, es decir: para ser respetado es necesario saber, o aprender, a respetar, a comprender al otro, a valorar sus intereses y necesidades. El respeto debe ser mutuo, y nacer de un sentimiento de reciprocidad, por lo cual,  siempre procuré valorar todas las necesidades y decisiones de los niños, a pesar de que en ocasiones no estaba de acuerdo, sin embargo, haciéndoles ver que esas necesidades y/o decisiones no debían afectar de manera negativa a ellos mismos o a otros. Ayudándome siempre de la escucha empática y en dejar que ellos asumieran las consecuencias de sus acciones e hicieran sus propios aprendizajes.

Otro de los aspectos importantes que tuvimos en cuenta para la educación de los niños fue: “(…) la tolerancia. Pues respetar también es ser tolerante con quien no piensa igual que tú, con quien no comparte tus mismos gustos o intereses, con quien es diferente o ha decidido diferenciarse”. Al ser considerada la tolerancia como el respeto a la diversidad de ideas, maneras de comportarse, opiniones y formas de ser; enseñarles que la vida tiene muchos colores y matices y cada persona tiene su forma de ver y actuar, que no necesariamente está mal, sino que cada cual ve su vida bajo una faceta diferente del “prisma” del amor. Todo esto enmarcado en el diálogo constante y dentro de unos límites del auto-respeto y la auto-tolerancia, a lo que yo pueda considerar unos “errores” o “fallas” dentro de mi mismo y/o con respecto a los demás.

Pero por sobretodo el factor más relevante fue el AMOR, así con mayúsculas, un amor para compartir conmigo mismo, con todos y con todo.

Hoy veo unos jóvenes que no son perfectos, pero aceptan sus errores,  tratan de corregirlos y aprenden de ellos; respetan a su entorno y se hacen respetar, toleran las diferencias aunque defiendan su verdad. Y por sobretodo hacen las cosas que se proponen con pasión, con amor, y como todos los jóvenes, quieren alcanzar grandes sueños. Y yo sigo ahí, apoyándolos para que construyan ese mundo que imaginan, que logren sus metas, que no dejen que la intolerancia, ni la falta de respeto, ni el desamor los agobie, para que sigan luchando por el mundo mejor que todos queremos, así sea, como lo hice yo, con un pequeño granito de arena, educando en el amor a unos, hoy, jóvenes para que esa semilla crezca del amor y siga esparciéndose por todo el mundo.

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