Mi derecho de ser MADRE

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Hace 14 años y 8 meses llegó a mi vida la más maravillosa bendición, mi primera hija, y con ella el mundo cambió totalmente, entendí que necesitaba trabajar en dejar un lugar mejor que el que recibí, entendí por fin un amor puro y desinteresado, entendí la maravillosa capacidad de dar y también de recibir porque sus risas, caricias y aprendizaje son mi mayor recompensa.  2 años después esta bendición y sensaciones se multiplicaron con mi segundo hijo. Y llegó el gran día en que tomé la decisión de inscribirla al jardín infantil, a pesar que apenas tenía 2 años y 8 meses me dijeron que estaba muy tarde para ingresar, que por mi retraso ya había disminuido sus capacidades y potencialidades.  

Con angustia ví el panorama y me sentí culpable, sentí que de ahora en adelante tenía que dejar en manos ‘expertas’ la educación de mi hija, procedí de inmediato a hacer todo lo que me decían.  De inmediato con ese hecho noté como mi rol de madre se veía disminuido, pues yo era incapaz de acompañar efectivamente a mi hija de 2 años y medio, ya esperaba que mi hijo cumpliera el año para ingresarlo al jardín y no generarle problemas como a la primera.  Y mi hija rápidamente se ‘niveló’ dos semanas después me informaron que pese a lo tarde de ingresar al sistema ya habían corregido mi error y estaba al nivel de sus compañeros. Sin embargo, yo sentía que aunque llenaban su mente secaban su alma.

Llegó el segundo gran hito, por mi trabajo debería viajar y dejar a mis hijos por cortas temporadas sin mí.  Sentía que se me partía el alma, ya había cedido bastante al jardín y ahora debería conseguir quien me reemplazara mientras trabajaba, no parecía justo ni con ellos ni conmigo.  Pero ¿cómo podía yo rechazar semejante oportunidad laboral?, estaba creciendo mi carrera abriendo un campo importante. Mi mente estaba trabajando en organizar las cosas, mientras mi corazón y alma se sentían rotos, maltratados, ignorados.  En ese momento conocí la existencia del homeschool una pequeña luz al final del túnel para mi corazón y alma, de inmediato mi mente la rechazó, pero mi corazón la traía sobre la mesa, y mi alma no resistió y me hizo indagar más.  

Los argumentos de las bondades educativas satisfacían a mi mente, sin embargo, tenía toda una vida de programación para trabajar, producir mi propio dinero, compartir los gastos y con esto mantener mi ‘libertad’.  Una libertad que me hacía mandar a mi chiquita fuera cuando de corazón sentía que aún no era el momento, libertad que me obligaba a trabajar desde las madrugadas durmiendo muy pocas horas para poder compartir algo con mis hijos, libertad que me implicaba gastar grandes sumas de dinero en la imagen de una consultora respetable, libertad que ahora me implicaría dejar a mis hijos y tener que buscarme un reemplazo de mamá.  Y mi mente comenzó a colapsar, quizás esa no era libertad.

Haciendo cuentas entre el pago de jardín ahora para los dos niños, pues si yo no estaba el chiquitín tendría que ir a sala cuna, niñera y mis gastos del disfraz de consultora, mi sueldo apenas alcanzaría, de hecho mi esposo debía completar para la educación de los niños, pues debía recibir ‘la mejor’.  Y con eso mi mente terminó de colapsar, ¿romper mi corazón y alma, hacer lo que definitivamente sentía que no era lo mejor para mis hijos para producir un dinero que ni siquiera alcanzaba a cubrir mi propia estupidez, pero me permitía mantener la fachada de mujer exitosa?

Así que di el salto al vacío, renuncié a mi trabajo, retiré mi niña del jardín y nos aventuramos en la aventura de vivir no de sobrevivir.  Me di permiso de disfrutar a mis pequeños, poder ser madre nuevamente de otros dos ángeles, crecer con ellos, jugar y aprender. El mayor reto es cómo no sentir que no tengo poder cuando no produzco dinero, 12 años después aún a veces es un molesto mosquito en mi mente, he diseñado nuevas formas de trabajo, pero al ser muy alternativas no se sienten tanto a trabajo, no siempre son rentables, no siempre son constantes.  

Aún hoy continúo en el reto de que mi mente este completamente convencida de lo que mi alma y corazón están que soy una mujer exitosa aunque no produzca grandes cantidades de dinero y no utilice un disfraz de ejecutiva, aunque quizás algún día mi cara está pintada y no de maquillaje, más bien de colores, o mi pelo salió de la peluquería de mi hija de 2 años, mi sala no es nada profesional y mi casa a veces parece un campo de batalla de juguetes.  Cuando el entorno me dice que eso no es éxito mi mente duda, mi alma y corazón se ríen y yo sigo un poco confundida.

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