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Tu papel como papá o mamá en la transformación social

Cuando pensamos en los grandes problemas de la humanidad como la desigualdad, el hambre, el calentamiento global o la violencia, la mayoría de la gente concluye que una de sus grandes causas es la falta de educación. Pero ¿a qué exactamente nos referimos con educación? ¿Más escuelas en cada rincón del planeta? ¿Más horas en los salones de clases? ¿Más capacitación para los maestros? ¿Más evaluaciones?

Yo creo que la solución no está en hacer más de lo mismo. Aunque el sistema educativo tiene aspiraciones plausibles¹ como lograr que los estudiantes tengan una mentalidad crítica y reflexiva para comprender su entorno, que reconozcan como iguales a todos los seres humanos y muestren empatía, que sepan resolver conflictos a través del diálogo y la razón, o que conozcan sus debilidades y fortalezas y confíen en sus capacidades, la realidad es que sus prácticas están muy lejos de producir esos frutos en sus egresados. Muchos sabemos de primera mano que haber ido a la escuela no es garantía de que la gente quiera saber lo que está sucediendo en su entorno, que sepa cómo encontrar fuentes verídicas de información y que tenga la capacidad de analizar los datos para tomar decisiones éticas y empáticas. Haber ido a la escuela tampoco garantiza que las personas engan un rumbo claro en su vida o que hayan encontrado plenitud desarrollando sus talentos únicos. Y por supuesto, ir a la escuela todos los días no es garantía de que la gente sabrá cómo relacionarse civilizadamente con su círculo más cercano aun en medio de una crisis ².

Para mí, educar significa crear conciencia en las personas. Conciencia para entender la realidad que les tocó vivir y saber cómo resolver problemas aportando respuestas y creando posibilidades. Conciencia de sus talentos únicos y de cómo usarlos para encontrar el sentido de su vida. Y finalmente, conciencia de su gran capacidad natural para aprender todo lo que necesiten a lo largo de su vida. Para crear esa conciencia no necesitamos más de una educación que impone su verdad como absoluta y que no cree en la capacidad crítica de los alumnos exigiéndoles obediencia ciega. Para crear conciencia necesitamos una educación basada en el diálogo y la reflexión, que le dé suma importancia a la capacidad de cada estudiante de ser autor de su propio aprendizaje, y que tome como guía las necesidades inmediatas y relevantes de su contexto único.

Cada vez más papás y mamás estamos siendo conscientes del papel tan importante que tenemos para alcanzar esos objetivos. Muchos de nosotros hemos decidido prescindir del sistema escolarizado tradicional como autoridad, porque no vivir bajo las limitaciones de horarios y programas nos da mucho tiempo para estar con nuestros hijos, conocerlos a fondo y fortalecer nuestra relación familiar. Sabemos que los niños aprenden más de su entorno que de lo que está escrito en los libros, por lo que nos tomamos muy en serio la oportunidad de decidir con cuáles elementos queremos rodear a nuestros hijos: valores, cultura, hábitos, prioridades, ejemplos; ingredientes tan variados y diversos que nos permiten confeccionar una educación no adoctrinadora, sino dadora de una comprensión lo más amplia posible del mundo que les rodea para que ellos vayan formando su propio criterio. Y, por último, al no ser presos de los objetivos académicos estandarizados de un tercero, los niños tienen

todo el tiempo y toda la libertad para fortalecer la conexión consigo mismos, descubrir sus talentos, encontrar qué es lo que realmente les apasiona y dedicarse a ello desde edades muy tempranas.

A mí me emociona vivir este momento histórico en el que puedo ver a tantas familias que están comenzando a tomar conciencia asumiendo su responsabilidad con toda determinación y valentía. Me conmueve recibir tantos correos de papás y mamás contándome cómo están disfrutando de los grandes beneficios de una relación familiar sólida, de hijos que están recuperando la confianza en sí mismos y que no obstante su corta edad, ya tienen el deseo de crear mejores condiciones en su entorno desarrollando al máximo sus habilidades y talentos. Me parece que ser conscientes de la responsabilidad y privilegio que tenemos como padres es un gran paso hacia la transformación social desde su núcleo más básico: la familia.

Al buscar esta libertad educativa, lo primero que hay que tener en cuenta es que sólo es una herramienta para lograr los objetivos particulares que cada familia se haya planteado; no se trata de cambiar de método para replicar en casa el sistema escolarizado: lo rico es que cada familia tenga la oportunidad de decidir qué rumbo quiere seguir. En segundo lugar, también hay que considerar que lo más importante no es el programa o currículum que elijas, sino el entorno con el que decides rodear a tus hijos. Si quieres que tu hijo aprenda algo, no busques un libro de texto: deja que vea cómo las personas de su alrededor aplican esa destreza en la vida real. Así percibirá su importancia y querrá aprenderla sin que tú tengas que motivarlo ni forzarlo. Y, por último, es muy importante entender que, si queremos niños conscientes de su realidad, autónomos, responsables y libres, nosotros como padres tenemos que serlo primero. Las actitudes no se enseñan, se viven.

Si tú eres papá o mamá, te invito a que tomes unos minutos para reflexionar en qué tipo de personas quieres que tus hijos sean, y si la educación que les estás dando ahora te está llevando a lograr esos objetivos. Esas respuestas serán la base para construir una visión familiar que te servirá de brújula a lo largo de tu camino como padre y educador. En ese proceso puede ser que, como muchos de nosotros, decidas que prescindir del sistema escolarizado tradicional es la herramienta más adecuada para llevar a cabo tu proyecto familiar. Si es tu caso, necesitas emprender una investigación minuciosa que te ayude a tener un panorama amplio de lo que en verdad significa este estilo de vida. Para eso, la red está llena de información que aumenta día con día. Sólo es cuestión de tener una actitud proactiva y dedicar varias horas a buscar, analizar y elegir lo más adecuado para ti. Y si lo deseas, también puedes apuntarte de manera gratuita a mi curso básico³, que tiene como objetivo ayudarte a disipar todas esas dudas iniciales.

Mi anhelo es que todos los padres se den cuenta de la enorme oportunidad que tienen en sus manos, no de ayudar a sus hijos a completar sus estudios de formas más convenientes, sino de darles una vida plena, al mismo tiempo que contribuyen desde la raíz a una gran transformación social.

Priscila Salazar

Priscila Salazar dejó la escuela a los 18 años, lo cual transformó su perspectiva de la educación. Ahora, sus niños de 15, 13 y 12 años que nunca han ido a la escuela, dedican sus días a descubrir y desarrollar sus talentos únicos. Desde 2011 se dedica a ayudar a papás que desean vivir este estilo de vida, a través de su blog, libro, videos y talleres para papás.

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